Preludio en Do Menor

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Preludio en Do Menor

Mensaje por El Mago de las Armaduras el Lun Dic 19, 2011 11:51 pm

Prólogo

Había oscurecido temprano. El invierno en Balthia era cruel, y cobraba su tributo en la forma de noches tempranas y larguísimas, y en un frío que se filtraba por cualquier grieta por minúscula que fuera, dándole pelea incluso a las enormes llamas de la gran chimenea del estudio.

Pero esto era el Krak de los Caballeros, y aquí no había descanso. Afuera, cientos de metros abajo, un escuadrón de soldados entrenaba tiro bajo la luz de las lámparas eléctricas del campo central.

El hombre parado al lado de la ventana sonrió. La fortaleza más grande de la nación no podía darse el lujo de dormir, y el, Aurelius von Bismarck, tampoco. Un hombre gigante, de casi dos metros de estatura, con una espesa barba negra, ojos oscuros y penetrantes y piel bronceada por largas horas en el sol, el Secretario de Defensa no era ningún delicado. Ni el frío ni la falta de descanso irritaban sus sensibilidades.


Incluso, pensó para sí alejándose de la ventana, ahora mismo estaría con sus soldados de no ser porque tenía que esperar a una visita muy importante.

Con un gruñido de irritación, se sirvió una taza de café de la cafetera (mecánica, por supuesto; una maravilla de la ingeniería) puesta sobre su escritorio y luego descolgó el teléfono, una línea cerrada que lo ponía en contacto con sus guardias.


Le contestaron prontamente. “No hay nadie en recepción?” preguntó, “No ? Este maldito demonio de mujer será mi muerte. Ya lleva más de tres horas de retraso.”

Disculpas y una promesa de mantenerlo informado. Colgó el teléfono.

“Eres una tortura, Sofía.”


Detrás de él, claras palabras cortaron el aire. “Que poco halagador te muestras hoy, Aurelius.”

Volteó.

Resplandeciente en un largo vestido blanco bordado con flores y perlas en forma de lágrima, Sofía Portinari estaba sentado un uno de los sillones de cuero negro del estudio, lejos de la chimenea. Una larga capa de seda blanca descendía de sus hombros, coronada por una gran capucha que le cubría la cabeza y escondía la mitad superior de su cara. Pero la tela no podía ocultar su bella sonrisa, labios rojos más rojos que la sangre, ni su larguísimo pelo rubio, que le llegaba hasta más debajo de sus delicados pechos y brillaba como hebras de oro sólido. Su mano izquierda jugueteaba con una larga varita mágica, la forma del marfil casi perdiéndose en el color de su piel blanquísima.

“No sé por qué te preocupas tanto, “ dijo con una sonrisita. Su voz era más clara que una campana, más oscura que el vino. “El tiempo, Aurelius, es relativo. Si lo piensas de una manera, aunque te hiciera esperar más de mil años, hasta que tu carne se pudriera y tus huesos se hicieran polvo, sólo sería un instante.”

Bismarck bebió un sorbo de café y dejó la taza en su escritorio, sentándose detrás de él en su gran silla de caoba labrada.

“No me importa, bruja,” dijo con una mueca. “Lo que no quiero es esperar. Pero visto que no te puedo hacer entender eso, vayamos al grano. Qué noticias me traes sobre el progreso de nuestro trato?”

“Nuestro trato, “ repitió Sofía con una risita ligera. Bismarck sintió sus hombros tensarse. “Sí, claro, Aurelius. Como te dije, he revivido y plantado a mis bestias en los lugares estratégicos. Planeé esta reunión para decirte que todo está en posición.”

Bismarck asintió con una sonrisa un poco forzada. “Sí, era de esperarse viniendo de la que ha tomado la capa de la difunta Bruja Blanca. Si todo está listo, pronto podemos comenzar. Tomaré a Dalaria por sorpresa, y tú tendrás el oro que te prometí hace unos meses. Bien, muy bien.”

Brevemente Sofía asintió con la cabeza, todavía sonriendo, pero luego posó un delicado dedo sobre su barbilla con un puchero inquisitivo. “Pero, Aurelius, quien dice que sólo quiero oro? Tal vez también quiera otras cosas. Oh, tú sabes… éste ha sido un trabajo bastante más arduo del que parecía en un principio…”

Bismarck sintió como si la temperatura del estudio cayera precipitosamente. Sofía, o más bien quien quiera que fuera la poderosa hechicera que había adoptado la vestimenta de aquella bruja muerta, era un verdadero peligro. Pero de cualquier manera no podía dejarse intimidar. Si era cauteloso, podía guiarla y usarla para su ventaja como había hecho hasta ahora.

Pero había algo en la sonrisa de la bruja. Algo había cambiado, lo sabía.

“Sofía,” dijo, “Eso no estaba en nuestro trato.”

Sofía se encogió de hombros. “Modifico el trato. El oro no me interesa, solo lo puse como término para asegurar tu cooperación inicial.”


“Entonces… qué quieres, Sofía?” preguntó Bismarck, apretando los puños.

Con un solo movimiento fluido, Sofía se levantó y apuntó su varita a un gran mapa del continente que colgaba en una de las paredes del estudio. La magia, cual ensangrentada pluma, comenzó a dibujar grandes líneas rojas sobre él, formando un extraño camino sobre las tierras de Rhea.

"Qué crees que quiero, Aurelius?"

“La ruta de las rosas,” murmuró Birsmarck, levantándose de su silla y poniendo una mano sobre el pomo de su espada. Cómo no lo había visto antes? Por primera vez de verdad se daba cuenta de que estaba lidiando con una psicópata. “Sofía,” hizo una mueca de dolor, “mis lugares estratégicos… son tus lugares estratégicos?”

“Sí y no,” respondió Sofía. Con otro movimiento de su varita una cantidad considerable de manchas negras apareció sobre Dalaria, pero también sobre toda Balthia, Arriath, y Piscia.

“Perra traidora,” murmuró Bismarck, “Todo este tiempo has estado trabajando para ti misma!”

“Qué egoísta, Aurelius,” respondió Sofía, “Te enojas ahora que sabes que no nada más tú te vas a beneficiar. Pero si Sofía Portinari sí cumplió tu deseo! O no? Habrá guerra como me lo pediste. Lo que nadie nunca especificó fue si tú también serías consumido por ella.”

Bismarck gruñó, su mirada moviéndose por todos lados, buscando una ruta de escape. El teléfono le era inútil por el tiempo que tardarían en responder. La campana debajo de su escritorio atraería a sus guardias, pero en lo que llegaran estaría solo con Sofía, sin salida.

Intentó comprar algo de tiempo. “Pero entonces, Sofía, para qué todo esto? Para qué involucrar al aparato de defensa a sabiendas de que podía descubrirte?”

“Al contrario, Aurelius!” La risa de Sofía estaba envenenada. “Ocupaba estar bajo los ojos del Imperio. Sólo bajo tus órdenes la vigilancia que mi magia hubiera atraído sería relajada, y sólo bajo tus órdenes podía yo operar en Praviah con impunidad, sin que nadie sospechara nada. Por eso te necesitaba, aunque los pasos de mi plan fueran más o menos los mismos con ti o sin ti.”

Sofía le dio la espalda y se dirigió a la ventana, abriéndola de par en par y dejando entrar el aire frío del exterior.

Bismarck aprovechó para presionar la campana de alarma debajo de su escritorio. No sonó. Se dio cuenta de que no oía nada, ni su propia respiración. Sólo oía a Sofía, o más bien el sonido que su capa hacia al ondear en el viento.

Sofía suspiró como quien recuerda con nostalgia. “Oye Aurelius… por qué no te mueres?”

Bismarck sacó su espada, pero ya era muy tarde. Sofía volteó a verlo, varita alzada. Se escuchó un chasquido húmedo y una enorme herida explotó sobre el estómago de Bismarck, soltando un torrente de sangre y órganos destrozados. Bismarck soltó su espada y ésta cayó al suelo con un estruendo metálico. Se tropezó hacia atrás con un golpe a la pared, trayendo una mano al cuello. Intentó gritar, pero de su boca sólo salieron gárgaras de fluido, sus pulmones llenos de sangre. En la distancia escuchó a Sofía reírse, y era un sonido como si mil ángeles se convirtieran en diablos.

“Qué obediente, Aurelius!” dijo ella, “Haciendo lo que te digo en cuanto te lo sugiero! Muy buen chico! Permíteme ayudarte!"

Con una floritura juguetona de su varita, volvió a dirigir su mágica contra Bismarck. Moviendo la varita como batuta de conductor, Sofía levantó los intestinos colgantes de Bismarck, y éstos, cuales tentáculos, lo rodearon del cuello, ahorcándolo. Luego, Sofía bajo la varita de golpe, cortando el aire como si fuera espada, y los intestinos de Bismarck lo jalaron al frente, golpeando su cabeza contra el escritorio una y otra vez hasta que su cráneo reventó, derramando sangre y sesos sobre la madera ya roja y empapada.

Con otro movimiento de la varita, Bismarck fue impulsado violentamente a través del aire, cayendo cerca de la ventana que Sofía había abierto. Ella se le acercó. Aunque el cuerpo de Bismarck estaba destrozado, sus ojos estaban abiertos, mirándola perdidamente. La magia lo mantenía vivo.

“Y ahora,” dijo Sofía con una sonrisa. “Se consumido!”

Apuntó su varita a la chimenea, y las llamas respondieron, saltando hacia afuera y creciendo, tomando la forma de un enorme demonio con hocico de dragón. Y entonces, por fin, Bismarck pudo gritar; un aullido de odio, dolor, y terror que se intensificó cuando el demonio embistió contra él, defenestrándolo en una enorme bola de fuego que lo quemó vivo mientras enormes llamaradas saltaban por todos lados, prendiendo fuego al estudio.

Sonriente, Sofía murmuró algo por lo bajo y luego saltó detrás de él, abriendo los brazos como quien salta al agua. Bajo el cielo oscuro, con un infierno arriba y debajo de ella, el viento helado le abrió la capa, cual gigantes alas blancas.


Sonriente, la bruja desapareció, su forma difuminándose hasta perderse en un torrente de pétalos blancos, dejando detrás de sí únicamente fuego.

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